Te preguntarás qué es esto de un peregrino entrometido. Verás, aquel verano, una de las exigentes olas de calor veraniegas azotaban la península con especial virulencia. También en Galicia. También en Santiago. Mi estancia en Santiago aquella semana de agosto fue especialmente calurosa y asfixiante. Recuerdo que las temperaturas superaban ya desde el alba los 30 grados, e incluso llegaron a alcanzar los 40 en algunos momentos del día. Y la humedad agravaba la sensación de calor pegajoso.
Son casi las doce del medio día, y la sombra era casi más apetecible que una buena ración de pulpo (con su Estrella de Galicia fresquita, claro). Así que, con este panorama me encontraba en los frescos soportales del Pazo de Raxoi. Con mi estuche de lapiceros y rotuladores de dibujo, estaba intentando dibujar la vecina fachada del Obradoiro desde mi arco favorito. Sí, tengo un arco favorito para contemplar la maravilla barroca compostelana.
Enfrascado en mi cuartilla, levanté la mirada y… ¡caramba! ¡Un par de piernas de peregrino habían crecido delante de mí! En un primer momento, empaticé con el seguramente cansado peregrino, e incluso agradecí su posado inconsciente que se acabaría convirtiendo en esta foto con alma. Posteriormente me empecé a contrariar, al ver que disponía de otros 24 vanos -¡vacíos!- para seguir disfrutando de las vistas del Obradoiro sin entrometerse en mi intento de práctica de dibujo. De ahí que lo considerara un peregrino entrometido.
Raúl Alonso. Santiago de Compostela. 02 de agosto de 2018, 11:55.

