El norte nunca defrauda, y la Costa Quebrada es un buen ejemplo de ello. Así se conoce al litoral occidental cercano a la ciudad de Santander, en Cantabria. Una costa plagada de acantilados rocosos y pequeñas playas de fina y blanca arena. Poblaciones como Liencres, Soto de la Marina, o La Maruca tienen la suerte de poder asomarse al Cantábrico desde sus altos acantilados.
Es una mañana bonancible de sábado. Hace un tiempo envidiable para caminar, así que me dispongo a hacer una ruta para visitar las playas de Portío, Arnía, Covachos y San Juan de la Canal, todas ellas en la Costa Quebrada. Por el sendero que va sorteando los acantilados, puedes ir contemplar los urros, que son los islotes y las blancas formaciones rocosas que salpican el azul verdoso del mar.
Son muchos millones de años los que han sido necesarios para obtener la precisa configuración actual de la costa. Uno no atina bien a describirla si se trata quizás de una obra de precisión geomórfica o tal vez de un capricho natural. O quizás ambas. Pero, esa conjunción entre la unidad sólida y casi eterna de la roca, la ínfima materia del agua y el viento, y la constante acción entremezclada de ambas con una cadencia secreta, han esculpido su forma e identidad.
Caminando admirado por el acantilado, uno puede oír el susurro del viento, y el rumor del mar gritando a los cuatro vientos que todo y nada es eterno, que todo y nada cambia, y que: «caminante no hay camino, se hace camino al andar».
Raúl Alonso. Soto de la Marina, Cantabria. 08 de marzo de 2025, 11:37.

