Vio su obra acabada en la ciudad del arte. E hizo lo que antes otros grandes maestros como Donatello o Miguel Ángel habían hecho a pocos metros y pocos siglos de aquel tiempo y espacio concretos: contemplar el fin del trabajo y sueño de días anclado a su morada final. Al fin sería una figura para la eternidad.
Durante el proceso de tallado se había imaginado cómo se sentiría al ver su obra colocada sobre la tumba para la que fue encargada. Ese sueño futuro era, en aquel preciso instante, realidad presente. Por poco tiempo. Una dulce cara femenina arropando el sueño de eternidad de quien acabó su presencia vital.
Allí estaba él, el humilde escultor. Había mudado su ropa de taller por otra más adecuada, quizás más elegante. E incómoda. Y sucedió. Se percató que su obra adquiría una nueva dimensión: no era una escultura funeraria más dentro del Cimitero delle Porte Sante, era un figurante perfectamente colocado dentro de una escenografía bella. Su figura hacía de Florencia una ciudad aún más bella.
Tras ver a su ángel colocado se tomó su tiempo. Abrió los ojos y lo vió claro. Su misión había acabado, al igual que la vida caduca bajo la losa. Pero arriba, sobre la tierra, dando la espalda al horizonte, recortándose en el cielo, unos brazos arroparían siempre el sueño de la bella eternidad. Una eternidad de la que yo también participo, tiempos después, en una fría mañana de invierno, cuando la aurora gélida embellece una figura para la eternidad.
Raúl Alonso. Florencia, Italia. 15 de diciembre de 2024, 09:27.


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