Primera hora de la mañana. Como si no hubiera un mañana, atravieso las galerías de los Museos Vaticanos adelantando por diestra y siniestra a grupos y turistas ensimismados en las delicias que expone la Ciudad del Vaticano. Mapas, ojos de mármol y algún vigilante de seguridad, me ven pasar con celeridad yendo a la Capilla Sixtina: a «una capilla para un cónclave».
Otra vez ha habido suerte. La estrategia ha dado sus frutos. Y mientras las hordas de turistas inmisericordes con el silencio y la contemplación permanecen «distraídas» con otras obras de arte, solamente somos una veintena de personas las que estamos en la Capilla Sixtina. ¡Qué gozada ensimismarse en silencio! Sentarse casi en soledad mirando cada detalle. Los vivos colores. Las formas miguelangelescas tan manieristas. Imaginar cómo tiene que ser un cónclave aquí… ¿qué habrán escuchado estos muros?
Aunque desapercibidamente humilde al exterior, sus paramentos internos muestran obras cumbre del Quattrocento y el Cinquecento. Si Miguel Ángel no hubiera intervenido en ella tanto en la decoración de la bóveda como posteriormente en el Juicio Final del testero, ya sería un espacio museístico privilegiado, pues trabajaron en ella Botticelli, Perugino, Ghirlandaio o Signorelli.
Pero Miguel Ángel, el genial Miguel Ángel, desplegó con sus manos -en dos épocas diferentes- toda una teología revolucionaria que abarca desde el Génesis hasta el Juicio Final. La expresión estética de lo humano y lo divino del artista como inspiración atemporal tanto para fieles visitantes, como para cardenales llamados a ser vasijas del Espíritu. Miguel Ángel había creado la mejor capilla para un cónclave.
Raúl Alonso. Roma, Ciudad del Vaticano. 7 de marzo de 2022, 09:14.

