Santiago de Compostela tiene, además de su magnética Catedral y todo lo que ella atrae, rincones más o menos escondidos de una belleza singular. Una de estas joyas arquitectónicas es la fundación de los dominicos en Compostela: el convento de Santo Domingo de Bonaval, en el que está esta escalera al infinito.
El conjunto, en el que me enamoran especialmente sus remozados jardines, goza de una azarosa historia dilatada en el tiempo. Su arquitectura, que dialoga entre el gótico y el barroco, tiene un gran poder evocador. Como lo es, sin duda alguna, la escalera que nos ocupa.
Fray Domingo de Andrade (1639-1712), ilustre arquitecto barroco que desplegó su arte especialmente en Santiago, demuestra aquí su pericia técnica al construir una triple escalera helicoidal, sin apoyo central y cuyas rampas independientes conectan diferentes ámbitos a diferentes niveles. Desde abajo, la visión es la de una escalera al infinito. Hoy, San Domingos de Bonaval alberga el Museo do Pobo Galego. un excelente espacio donde poder entender mejor la etnografía gallega: la de sus aldeas, oficios y gentes.
El día aseguraba temperaturas altas, pero el paseo matinal por el verde y florido Parque de Bonaval y la posterior visita a la frescura del Museo do Pobo Galego, hicieron de aquel día de agosto una experiencia muy gratificante. La escalera me evocaba a los monjes… ¿habrán jugado ellos también al pilla pilla por la triple escalera como lo hacían unos niños durante mi visita? ¡Quién sabe!
Raúl Alonso. Santiago de Compostela. Galicia. 4 de agosto de 2019, 11:32.

